Respiré en lo alto de Florencia, en la cumbre del mundo, pisando la ciudad del arte, la ciudad de la belleza. Contemplé cada detalle, cada hogar, iglesia y edificio, que habían tenido la suerte de estar en la bella Florencia. Pero no solo pude observar, porque la sentía. Cerré los ojos y pude sentirlo, pude sentir cada molécula de belleza que llevaba consigo el aire. El viento traía, de los rincones de la hermosa ciudad que tenía bajo mis pies, la vida que circulaba por ella.
Pude sentir, aunque no comprender, cada pizca de arte de la ciudad. El cielo parecía pertenerla a ella, a la hermosa Florencia, la misma naturaleza parecía haber estado esperando a que esta ciudad naciera, la música la acompañaba de la mano.
Incluso con los ojos cerrados, creí entender que yo tenía que estar allí, que no podía estar en ningún otro lugar.

Creí sentir que entendía la ciudad, y que la ciudad me entendía a mi. Irónicamente, sentí que Florencia me miraba, como si fuera tan excepcional como ella y ambas nos hicimos una reverencia.
La sentía, con cada célula de mi cuerpo, el arte, la magnitud de su belleza y la historia que contemplaban sus calles, iglesias y plazas. La escuché desde lo alto, escuché las miles de historias que tenía por contar, escuché las voces de aquellos que habían sentido Florencia como yo la estaba sintiendo y la escuché a ella. Por encima de el resto de ruidos, de las voces, flashes y coches, la escuché, escuché su llanto, su risa, su arte, sus miedos y sueños. No me enamoré de ella, entendí que llevaba enamorada de ella mucho tiempo, desde el mismo día en el que escuché su nombre. Solo entonces comprendí que la había echado de menos, como si fuéramos dos viejas amigas, y, que por mucho mundo que quisiera ver, por muchos lugares que quisiera visitar y por mucho que me alejara de ella, siempre la echaría de menos y encontraría la manera de volver con ella.
❤❤❤
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